El gordito – Etgar Keret

220px-Etgar-keret-photo-by-moti-kikayonEtgar Keret es un escritor nacido en Tel-Aviv en 1967 en la actualidad es uno de los escritores más populares entre jóvenes israelís, ha escrito cuentos, novelas cortas y varias de sus obras han sido adaptadas a televisión en formato animado.

Fui al péndulo con mi sobrino de 12 años, buscaba un libro que leer y de pronto mi sobrino se acerco a mí con un libro en la mano “un hombre sin cabeza”, -te va a gustar. Dijo. La verdad al principio no le creí nada pues mi sobrino no se caracteriza por ser un buen lector pero después de darle una pequeña hojeada al primer cuento decidí comprarlo y la verdad no me arrepiento, tiene una forma rara de escribir a la qué estoy poco acostumbrado, su humor es fresco, irónico y uno de los cuentos que más me gustó fue “el gordito”.

El gordito.

¿Sorprendido? Pues claro que estaba sorprendido. Sales con
una chica. Una primera cita, una segunda cita, un restaurante
por aquí, una película por allá, siempre en sesiones matinales,
exclusivamente. Empiezan a acostarse, el sexo es espectacular
y después llega también el sentimiento. Cuando de pronto,
un buen día, viene a ti llorando, tú la abrazas y le dices que se
tranquilice, que no pasa nada, y ella te contesta que ya no puede
más, que tiene un secreto, pero no un secreto cualquiera, que
se trata de algo tenebroso, de una maldición, un asunto que ha
querido revelarte todo este tiempo pero no ha tenido valor para
hacerlo. Porque se trata de algo que la oprime constantemente
como si de un par de toneladas de ladrillos se tratara. Algo que
te tiene que contar, porque tiene que hacerlo, aunque también
sabe que desde el momento en que te lo revele la vas a dejar, y
con razón. Y al momento vuelve a ponerse llorar.

—No te voy a dejar —le dices—, yo no, yo te quiero.

Puede que parezca que estés algo emocionado, pero no, y
aunque lo estés es porque ella sigue llorando, no por el secreto
en sí. La experiencia te ha enseñado que esos secretos que repetidamente
llevan a las mujeres a hacerse trizas son la mayoría
de las veces algo de la importancia de haberse echado un
palo con un animal, con un familiar o con alguien que les dio
dinero a cambio.

—Soy una puta —acaban diciendo siempre.
—No, que no —insistes tú abrazándolas, o—: Shshshsh —si
siguen llorando.
—De verdad que es algo muy gordo —insiste ella, como si
hubiera descubierto esa despreocupación tuya que tanto has
intentado ocultar.
—Puede que dentro de ti suene espantoso —le dices—, pero
es por la acústica. Ya verás cómo, en cuanto lo saques, de
repente te parecerá mucho menos grave.
Ella casi se lo cree y tras dudar un instante dice:
—¿Si te dijera que por las noches me convierto en un
hombre peludo y enano, sin cuello y con un anillo de oro en el
meñique, entonces también seguirías queriéndome?
Y tú le dices que por supuesto, porque qué vas a decirle,
¿que no? Lo único que está intentando es ponerte a prueba
para ver si la quieres incondicionalmente, y tú siempre has
estado soberbio ante cualquier prueba. Además, la verdad es
que en cuanto se lo dices ella se derrite y ya están cogiendo,
así, en el salón. Después se quedan abrazados y ella llora, porque
se siente aliviada, y tú también lloras, sin saber por qué.

Pero a diferencia de otras veces ella no se marcha. Se queda a
dormir contigo. Y tú te quedas despierto en la cama, mirando
su hermoso cuerpo, el sol que se está poniendo ahí afuera, la
luna, que aparece de repente como de la nada, la luz plateada
que le toca el cuerpo acariciándole el vello de la espalda. Y en
menos de cinco minutos te encuentras con que a tu lado, en la
cama, tienes a un hombre bajito y regordete. El hombre en
cuestión se levanta, te sonríe y se viste algo turbado. Sale del
dormitorio, y tú tras él, hipnotizado. Ahora ya está en el salón,
pulsando con sus rollizos dedos los botones del control de la
tele, dispuesto a ver los deportes. Futbol, un partido de la Liga
de Campeones. Cuando fallan el tiro maldice y con los goles se
levanta y hace la ola. Después del partido te dice que tiene la
garganta seca y el estómago vacío. Que se le antojan unos bocadillos,
de ser posible de pollo aunque también podrían ser
de res. Así que te subes con él en el coche y lo llevas a un restaurante
cercano que conoce. La nueva situación te tiene preocupado,
muy preocupado, pero no sabes muy bien qué hacer
porque la central neuronal de la decisión está paralizada. La
mano cambia las marchas mientras bajas hacia Ayalon, como
la de un robot, y él, en el asiento de al lado, tamborilea en el
tablero con el anillo de oro que lleva en el meñique; cuando en
el semáforo que hay junto al cruce de Beit Dagon baja la ventanilla
electrónica, te guiña un ojo y le grita a una soldado que
está haciendo autoestop:
—Chata, ¿quieres que te subamos atrás como una cabra?

Después, en Azor, te pones a comer carne con él hasta reventar
mientras lo ves disfrutar de cada bocado y reírse como
un niño. Y todo el rato te dices a ti mismo que no es más que un
sueño, un sueño extraño, es verdad, pero de esos de los que
enseguida te vas a despertar.

A la vuelta le preguntas dónde se quiere bajar, pero él se
hace el sordo y pone cara de pobrecito. Así que te ves volviendo
a tu casa con él. Son casi las tres de la mañana.
—Me voy a dormir —le comunicas, y él te dice adiós con la
mano desde el puf y sigue con la mirada clavada en el canal de
la moda.

Por la mañana te despiertas cansado, con un poco de dolor
de estómago y la encuentras en el salón, todavía dormitando.
Pero en cuanto has terminado de bañarte se levanta, te abraza
con cierto aire de culpabilidad y tú te sientes demasiado confuso
como para decirle nada. El tiempo pasa y siguen juntos.
El sexo no hace más que mejorar día con día, ella ya no es tan
joven, ni tú tampoco, así que un buen día te encuentras hablando
de tener un hijo. Por la noche tu gordito y tú se la pasan
en grande cuando salen, como nunca te la habías pasado en la
vida. Te lleva a restaurantes y a bares de los que antes no te sonaba
ni el nombre, bailan juntos encima de las mesas y rompen
platos y más platos como si el mañana no existiera. El
gordito es un poco grosero, sobre todo con las mujeres. A veces
tú no sabes dónde esconderte por las majaderías que hace. Pero,
aparte de eso, la verdad es que está muy bien estar con él.

Cuando se conocieron, a ti el futbol no te interesaba demasiado,
mientras que ahora ya conoces a todos los equipos y cada
vez que el equipo del que son hinchas gana te sientes como si
hubieras pedido un deseo y éste se hubiera cumplido, un sentimiento
tan poco frecuente, especialmente en alguien como
tú, que normalmente no sabes ni lo que quieres. Y así, todas
las noches, te duermes con él cansado viendo los partidos
de la liga argentina y por la mañana vuelves a despertarte al
lado de una mujer guapa y comprensiva a la que también amas
a rabiar.

 

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